Las fiestas del pueblo, si a uno le afectan de forma directa por el ruido del escenario y por el movimiento ruidoso de la gente, termina saliendo aunque sea por hacer tiempo y, como era de esperar, uno se encuentra por las calles una especie de manadas de goriloides y sus hembritas, de aquí para allá y se siente observado por ellos, a los cuales, hay que evitar mirar, porque son de una especie con gran y permanente predisposición a mofarse de él (yo), especie superior, ó a intimidarle con fácil violencia. En algún momento que yo estaba detenido ante el escenario, cuya música y canciones, no concordaban mucho con las ideas e intenciones de aquella dispersa e inquieta muchedumbre, parecían acercarse, sigilosamente y por detrás de mí, dos hembritas desarrolladas de esa especie, con la intención de comunicarse conmigo ó para observarme más cerca, pero, como era de esperar, un machito de su grupo, celoso, vino hacia ellas y se las llevó. Yo con todo disimulo, observaba éste y otros comportamientos llenos de ansiedad, buscadores de algo diferente para sus vidas, pero, al mismo tiempo, queriendo conservar sus extrañas y a veces peligrosas costumbres. Una vez terminan de hacer ruido absurdo e inútil sobre el escenario, y a eso de las cinco de la mañana ó más, sólo hay que esperan un poco más, para que esos mamíferos se marchen del todo a sus cuevas, si antes no me ido yo al ver el camino despejado, para no despertar ánimos a los más propensos a molestar al desconocido, solo y no muy alto vecino, ni para escuchar, accidentalmente, conversaciones pre delictivas y asociadas a algún tipo de arma de caza y su munición.
el biciclante vecino nuevo
08 mayo, 2008
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