Ha tenido siempre el ser humano, doble identidad; la suya y la de los demás, de modo que si alguien daña ó causa muerte a otra persona, de su entorno ó afinidad, todos salen a la calle:
"¡Que les cuelguen!, ¡que les cuelguen!",
gritaba la muchedumbre,
Pero cuando regresan a sus casas, a sus mentes, comienzan a razonar por sí mismos:
"¿Por qué ocurre esto?", ¿qué les ha pasado por la cabeza a los desgraciados?, ¿qué hacer para cambiar esto?, ¿qué hemos hecho nosotros?"...
Pero no pueden hacer ver este razonamiento en público, porque saben que serían incomprendidos y, en consecuencia, acusados de "defender" a los reos que esperan su ajusticiamiento.
Al menos, eso cree, porque en el fondo, "los demás" tienen su momento en la intimidad de razonar por sí mismo y con miedo a no ser como "los demás".
En cambio, no les preocupa la gente que es considerada "rara" ó que no es como ellos, pues, si la desgracia le ocurre a la gente "rara", entonces la muchedumbre calla:
"¡se lo tienen merecido!, ¡por ser así ó hacer acá!",
y, no conforme algunos sólo con esa actitud despreciativa para con ellos, echan leña al fuego, para que se quemen más rápidos y sus malhechores salgan impunes y rientes.

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