Bajaba yo andando por una carretera ya conocida, cuesta abajo, hacia una vieja casa junto a un río y una fuente, para luego subir hacia mi destino, pero, ahí abajo me encontré a un hombre dentro de su furgoneta, parecía estar buscando algo u ordenando algunos papeles. No dudé de hacer acto de presencia para entablar conversación con él. Hablamos un poco y, por lo tarde que era –no convenía despertar a los destinatarios de mi visita-, me llevó con él a dormir sobre un cerro cercano a otro pueblo. Confiaba en él y me dormí cubierto con una manta que me prestó. Al día siguiente, me mostró una casa vieja pero robusta y grande, que tenía en propiedad, próxima a Murcia, a medio camino de una montaña y desde la cual se veía una carretera muy concurrida. Una casa para su deleite personal y como almacenamiento de restos de telas y ropas de su negocio, del cual me beneficié con un pantalón y un cinturón.
Tuve yo que ayudarle a pagar un conato de incendio, echando tierra sobre él, tan sólo con los pies.
A penas tuvimos conversación en la que no parecíamos coincidir del todo en algunos temas que sí compartíamos, era como querer tomar el mismo satén por diferente mango.
Después me llevó a su casa familiar, en otro pueblo alicantino, donde conocí a su mujer ó ex mujer y a alguien más.
Finalmente, me dejó en Alcoy.
Antes le había metido en su cajonera del furgón un papel con mis datos de contacto. Nos deseamos brevemente buena suerte y con poco entusiasmo.
Su nombre y sus pueblos olvidé enseguida y no volví a saber más de aquel como tantos personajes misteriosos que intentaré narrar en lo sucesivo.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario