Subía yo en el autobús, cuando me di cuenta que alguna mitología de la belleza del cielo y la luminosidad, hecha persona, me miraba mientras retiraba sus cosas del asiento de al lado, dándome a entender que debía sentarme junto a ella. “Gracias” la dije a ella y ella me sonrió. Un diario que había en el suelo fue la excusa para comenzar una muy breve pero bonita relación, compartimos el diario y hablamos de cosas, mientras ella dibujaba su nombre en la funda del bonobús. Después me dijo que la próxima era su parada y yo, por si acaso algo no iba bien si bajaba con ella, decidí bajar en mi parada, antes de la suya. Nos dijimos hasta luego y ahí acabó un momento de ilusión y dulzura, para continuar con mi rutinaria y maldecida vida, aunque con una nimia esperanza.
Juan G.E.
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