Para una vez que una chica me mira abierta e insistentemente y con sonrisa en boca y al que yo me decidí a corresponder iniciando una conversación, el vanidoso y mequetrefe de turno, de un deporte que hasta entonces yo practicaba, me retiró de esa gran oportunidad diciéndome; “no seas romancero”. En cambio, él sí puede serlo y tanta gente más también, pero, por alguna especie de maldición, relacionarme yo con el sexo opuesto, aunque fuese por motivos diferentes a los del amor, como puede ser estudios, comentarios del momento, trabajo, vivienda, animales, motivos culturales, ó cualquier otro asunto, ha sido siempre prohibido para mí de todas las formas posibles, tanto por ellas mismas, como por terceras personas. Aunque, por milagro ó por despiste de esa maldición, apenas he podido amar, aunque sea mediocremente, a dos féminas y medio y unos pocos besos en labios a otras más, en su día ó en su tiempo. Todo lo demás, ha sido lo que he dicho, más una incomprensible y permanente discriminación, con engaños, artificiosa “buena” educación, hipócritas simpatías y falsas promesas ó vanas ilusiones.
Juancarlos G. E.
(La chica de la mirada era, como no, francesa)
22 noviembre, 2007
MIRADAS Y SONRISAS
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