Las pocas veces que he viajado en Metro –excepto alguna temporada en el que viajaba cada día-, siempre lo he hecho con cierto temor porque soy consciente de que una desgracia ó infortunio bajo tierra es peor que si ocurriera en la superficie, por las condiciones materiales y ambientales en el que se encuentra; un espacio cerrado y bajo tierra, donde puede ocurrir un derrumbe, un incendio con sus consecuencias: humo que impide respirar, el calor ó la expansión del fuego, etc., y una filtración de agua de impensables consecuencias, concretamente, en las ciudades costeras, además de las dificultades para rescatar a las víctimas y extraer los restos materiales de interés para investigar las causas. Si la política del transporte fuera de razón y cada conductor de automóvil privado fuera consciente del daño que hace cada día, no sería necesario ningún transporte bajo tierra porque tendríamos más y mejor transporte de superficie pública, junto a muchas otras personas que prefieran trasladarse en bicicleta u otros vehículos mono-personales, sencillos y ecológicos.
A la hora que ocurría la adversidad, yo entraba en una depresión y pensé que era por mi situación personal, pero quizá sea porque intuía lo que estaba ó había ocurrido.
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